ESCRITO EL 17 DE JULIO, 2020.
Experiencias de Racismo de un Colombiano en los Estados Unidos.
Al crepúsculo de aquel día, después de una tarde soleada en la ciudad de Bucaramanga, me encontraba en la casa de Silvia, una amiga allegada del colegio, con otros amigos que aun considero como hermanos; no porque hayamos vivido juntos, sino por la calidad de momentos, experiencias y consejos que nos forjaban. Ya se veía la luna entre tantos árboles que habitaban el jardín y, a medida que pasaba el tiempo, yo sentía como el rocío erizaba mi piel cada vez con más intensidad. Estábamos divirtiéndonos, oyendo música, tomando algo relajados y compartiendo momentos amenos. Se acercaba la media noche cuando nos metimos en la piscina e hicimos un círculo entrelazando nuestros brazos, bueno… abrazándonos, mientras entonábamos una canción que decía: “No importa el lugar, el sol es siempre igual, no importa si es recuerdo o es algo que vendrá. No importa cuánto hay en tus bolsillos hoy, sin nada hemos venido y nos iremos igual… Que un amigo es una luz brillando en la oscuridad…” Algunas lágrimas bajaron de mis ojos, camufladas entre el agua clorada que reflejaba las estrellas.
Esa noche era mi despedida, y muy dentro de mí, sabía que a esos amigos no los volvería a ver por un buen tiempo.
Ya mi viaje estaba más que planeado. Mi madre había gestionado mi visa de residente de los Estados Unidos y, a mis 13 años de edad, iba a poner pie en tan imponente ciudad como lo es New York City. Al llegar el día de mi viaje, una mezcla de sentimientos me acompañaba en ese vuelo de Avianca, porque por un lado me sentía feliz de volver a ver a mi mamá, por otro, la tristeza de partir de mi tierra, y todo lo que esta encapsulaba, me consumía. Debo confesar que alejarme de la ciudad natal que me vio crecer, y dejar de compartir con familiares y tantas personas que todavía llevo en lo más profundo de mi corazón, ¡fue muy duro! Me atrevería a decir que hasta traumatizante; y más aún al llegar a un sitio con costumbres, personas y lenguajes ajenos al que yo conocía.
El día en que pisé por primera vez el Lewis F. Cole Middle School, en Fort Lee, me senté en el home room sin hablar muy bien el inglés. Sentí como todos me miraban con curiosidad de saber quién era el niño nuevo, pequeño, de cabello negro ondulado, ojos cafés y rasgos suramericanos. Para mí fue muy difícil entablar conversaciones con personas que no hablaban español, pues mi inglés era muy básico, y, por lo tanto, entré en clases de ESL (English as a second language) con personas que venían de países lejanos, los cuales tampoco hablaban muy bien el idioma nativo de los Estados Unidos. “Hola, ¿cómo estás?, yo soy la foca ¿y tú?,” me dijo Chris, un americano al cual apodaban Seal en el colegio, en un español forzado. Yo le respondí muy amigablemente y le hice otra pregunta, la cual no entendió; seguramente solo se había aprendido de memoria ese par de palabras en español. Presley, un americano de descendencia dominicana, al ver mi interacción con él, se acercó y sirvió de traductor por un momento. Después de dos minutos me dijo que nos fuéramos de ahí, que Chris era un “palomo.” Sin entender el léxico no-colombiano, accedí a irme con él y otros de sus compañeros, también dominicanos. Me imagino que él y Chris tendrían su guardado.
Con el tiempo empecé a juntarme más con un grupo pequeño de dominicanos (la mayoría latino-descendientes nacidos en USA), pues en este colegio no era que abundaran los latinos. Con ellos me podía expresar mejor en mi idioma nativo, y a falta de vida social como recién llegado, encontré en ellos un apoyo que, por mi falta de inglés, no podía obtener con los angloparlantes.
“Mexican”; “go back to your country”; “where is your banana boat”; “speak,”; “how did you cross the border?”; “I don’t like how you talk”; “learn how to speak English, you are in America”; “show me your papers.” Oír ese tipo de frases se volvió rutinario en el tiempo que estuve estudiando allí y, por mi escasez de vocabulario, no podía hablar adecuadamente como lo hacía en español, silenciando mi capacidad de responder apropiadamente a las palabras despectivas que salían de sus bocas.
Al principio traté de explicarles; hasta ponía a compañeros bilingües a traducirles que yo venía de Colombia y cuán maravilloso es este país. En algunos momentos llegué a mostrarles un mapa global para que vieran donde queda Colombia, y lo errados que estaban al llamarme mejicano. La verdad, ni podía entender porque esos niños le tenían tanto odio a los “mejicanos.” Pero habrían tenido más acogida esas palabras si me hubiera sentado a hablar con un vaso de hielo en medio del Sahara, que con estos niños americanos de 13 y 14 años. Sí que se les dificultaba entender y empatizar conmigo y la comunidad latina. Pero ¿cómo se suponía que cambiara esto?, si hasta los mismos latinos con los que salía utilizaban la palabra “mejicano” como un insulto entre nosotros, y otros chistes de mal gusto sobre emigrantes que fomentaban aún más la división y el desprecio entre nuestra comunidad, infundido por el racismo interpersonal, internalizado, institucional y estructural del país en el que nos encontrábamos.
No habían pasado ni dos meses de entrar a estudiar, cuando un día, después de clases, iba caminando de regreso a casa y me percaté de que venían persiguiéndome dos niños del colegio. Uno iba en 7mo grado conmigo –ya lo había visto por ahí en los pasillos del colegio con otros compañeros de clase–, y el otro, un grado más avanzado. Ese día nevó todo el día y las calles estaban completamente cubiertas. Kelvin, el niño de mi grado, empezó a gritar: “mexicano, váyase de acá,” y otras cuantas palabras discriminatorias. El otro niño no demoró en unírsele, con una voz más aguda, mientras yo seguía evadiéndolos como por 2 calles más, hasta que… ¡PUM!, una en la espalda, ¡PUM!, otra en la pierna, y cuando ya casi llegaba a mi casa, sentí el frio penetrante de la última bola de nieve que cayó sobre mi pelo. En ese momento giré mi cuerpo bruscamente y me acerqué gritándoles en español. No creo que hubieran entendido muy bien mis palabras, porque a pesar de que Kelvin era descendiente, si no estoy mal, de una madre boricua, su español era muy elemental. Kelvin, al ver esa reacción inesperada de mi parte, empezó a retroceder hablando con una voz cortada, llena de nervios, mientras el otro saltó a la carretera diciéndome que me fuera. Ese incidente duró el tiempo que ellos retrocedieron por media calle y no escaló a mayores, pero fue una especie de bienvenida para lo que me esperaba, solo por no hablar bien el idioma ni haber nacido en los Estados Unidos.
Al pasar el tiempo, notaba la frustración que personas negras e inmigrantes latinos sentían estando allí. Y aquellos que respondíamos al ser víctimas de discriminación racial y maltrato psicológico, éramos como una especie de revolucionarios en el colegio, pues teníamos que hacerles entender lo errados que estaban, y cuán ilógica e ilusoria era la actitud que estaban asumiendo frente a la diferencia racial. Todo esto era una experiencia completamente nueva para mí, pues en Colombia nunca viví ni presencié algún acto de odio o discriminación racial; por lo contrario, lo que sí vi, fue cómo abrazábamos a los extranjeros e inmigrantes, cómo nos lanzábamos a ayudarles cuando los veíamos perdidos o en problemas, y cómo los tratábamos, incluso en algunas ocasiones, mejor que a nuestra propia gente. Nunca, en mi infancia colombiana, vi en la mirada de niños de esas edades odio y desprecio hacia otros, motivados por absurdos conceptos basados en sistemas de poder y control como el racismo, como lo vi en algunos estudiantes de aquel middle school, lugar donde sentí cómo se violaban mis derechos humanos y cómo el racismo institucional hacía parte del mismo sistema político de un país.
Hoy, al reflexionar sobre estos hechos, no quiero desviar la atención hacia mis experiencias personales de racismo, ni contar estos incidentes para sumar una historia más a las tantas que el colectivo americano aborda sobre este tema, sino más bien que miremos y sintamos esto desde un lente muy necesario de cambio para las generaciones venideras. De que escuchemos el trato que vivimos muchas personas negras e inmigrantes en los colegios estadounidenses, para que las personas que se puedan sentir identificadas, bien sea con mi historia vivida o con los que en mi historia fueron opresores, hagamos el trabajo necesario para sanar el daño que nos causaron otros, también el que causamos a otros y al mismo tiempo el que nos causamos a nosotros mismos. Porque por muchos años me sentí en cierta forma culpable del trato que tuvieron conmigo, y no quiero que otros niños sientan que, por no hablar un idioma, por haber nacido en donde hayan nacido, o por verse físicamente como se ven, se sientan culpables o menos que otros.
Los culpables son los que imponen y promueven pensamientos delirantes, ilusorios, excluyentes y anti-humanos de racismo y aparente superioridad, que benefician socio-económica y políticamente a un grupo de personas.
Quiero abiertamente perdonar a los que me hirieron con su discriminación, no porque se lo merezcan, sino porque una sanación a nivel colectivo es necesaria para crear ese cambio que tantos queremos ver en el mundo, y hoy comienzo por mí. Quiero que los oprimidos nos empoderemos y nos sintamos libres, como lo que somos, pues lastimosamente hay estructuras de poder que buscan el abuso, terror y control en personas inocentes y humildes. Y si en algún momento de nuestra vida abusamos de alguien más, que reflexionemos y empecemos a cambiar nuestros pensamientos y acciones, no desde lo que aprendimos bajo líderes o instituciones opresoras, sino empatizando desde nuestra humanidad con las víctimas de años de maltrato físico y psicológico, por causa de un sistema que se colapsa rápidamente con nuestro despertar de conciencia. Es momento de empoderar y escuchar a los oprimidos, creando un nuevo sistema en donde realmente vivamos todos en unidad, armonía y paz.
Continuando con mis experiencias, un día salí de un salón de clase en fila india hacia el gimnasio del colegio; era allí donde se realizaban las reuniones colectivas. Me senté al lado de Thomas, un americano de descendencia irlandesa, en una de esas gradas telescópicas empotradas que salían de una de las paredes de aquel espacio; cuando sin ningún motivo previo, él comenzó a hablar mal de mi cultura natal y de los latinos en general. –¿Tienes de ese polvo blanco? ¡Yo sé que sí, todos ustedes colombianos son iguales! –NO, no tengo, le respondí. –Bueno y cuéntame, ¿cómo era tu vida en Colombia? ¿Vivías encima de un árbol en medio de la jungla, con monos y bananas? –NO, tampoco, la verdad allá también hay ciudades como esta, con casas muy bonitas de todos los tamaños y edificios tan altos como los que hay acá. –¡MENTIROSO! Sucio mejicano… Mientras me hervía la sangre, por tan pobre conversación estereotipada a su más alto nivel, una profesora al oír nuestras murmuraciones, en medio de las voces de los personajes que hablaban desde el centro del coliseo, con el dedo en la boca, exclamó: “SHHHHHHHHH”. Al culminar el evento, salimos de allí y le dije a Thomas que repitiera lo que había dicho. Él, nuevamente y sin pensarlo, comenzó a insultar mi identidad cultural, y mi rabia resurgió en forma de un empujón. Entre empujón y empujón nos agarramos a pelear en la entrada principal del colegio, rodeados por un círculo de personas, haciendo barra y gritando, por más o menos 1 minuto hasta que alguien entró a separarnos diciendo que ya venía un profesor. Ningún directivo se percató de aquel acontecimiento, y así fue como este incidente de perfil racial quedó en las memorias de los testigos de la pelea y en el ojo hinchado de aquel niño opresor. Un año después, mientras me encontraba en la casa de Robert, un amigo de descendencia dominicana, Thomas le empezó a escribir por AOL Messenger que se alistara para ir a cine como habían quedado. Robert le respondió que ya se iba a bañar y que yo también iría con él. Se dirigió hacia el baño y me dijo que hablara con Thomas para cuadrar a qué hora nos recogería. La pelea previamente contada ya la había dejado en el pasado, pues suelo ser rápido en perdonar… pero no contaba con que él aún seguía pensando como antes.
–No quiero que él vaya, escribió Thomas. –¿Por qué no?, respondí yo haciéndome pasar por Robert en su chat de messenger. –No me agrada, él es mejicano. –Él no es mejicano, es colombiano. –La misma cosa; si él va, yo no voy…
Regresando un poco temporalmente a la pelea con Thomas, quizás dos o tres meses después de aquel día, al llegar al home room, una mañana de primavera, me senté detrás de Ace, un americano con descendencia polaca, delgado y rubio, dos veces más alto que yo – si no estoy mal, era el niño más alto del colegio en ese momento–. Mientras el profesor llegaba, todos los alumnos estaban hablando a mi alrededor. Ace se volteó y empezó a insultarme por no hablar bien inglés y ser latino, escalando la conversación hasta el punto en el que nos paramos y, de un empujón, lo mandé al piso cerca de la entrada del salón. Lentamente el profesor abrió la puerta, presenciando sorprendido, lo que ante sus ojos estaba aconteciendo. El polaco se levantó mirándome fijamente, como quien quiere atacar; mirada que apagué con otra mucho más candente, entonces procedí a contarle al profesor todo lo que el rubio hablaba sobre mi país y lo racista que estaba siendo. Este profesor de historia americana, sabiendo muy bien lo que pasaba, lo único que hizo fue separarnos de puesto. Ni a él por su racismo, ni a mí por empujarlo, nos mandaron al detention room, salón donde enviaban a los niños indisciplinados al culminar el horario de clases por un periodo de tiempo como forma de castigo. Varios fueron los instantes que me enviaron allí, donde el 90% del tiempo estaba acompañado por personas latinas o negras, como si los niños blancos-americanos, que eran mayoría en el colegio, no se comportaran como simplemente lo hacen los niños a esa edad. No quisiera pensar que los negros y latinos estábamos siendo desproporcionadamente castigados para formar en nuestros imaginarios, intencionalmente, ideas divisorias como que nosotros (las minorías, como nos llaman) éramos los malos y los otros (mayoría blancos) los buenos, limitando nuestro crecimiento académico-social no equitativamente.
Y así como estos incidentes que les acabó de contar, ocurrieron otros tantos, pero no quiero alargar más el relato con tantísimas experiencias propias. Me imagino que se estarán preguntando las razones por las cuales después de 15 años estoy escribiendo acerca de estos eventos de antaño. Bueno pues, acá en Estados Unidos estamos viviendo acontecimientos muy importantes en este preciso momento, que incumben no solo a la comunidad afro, sino a todos los que hemos sido de una u otra forma oprimidos por el sistema socio/económico/político actual. Recientemente, un afroamericano llamado George Floyd fue asesinado a sangre fría por un policía en plena calle de Minnesota. Murió asfixiado con la rodilla del policía en su cuello, mientras trataba de decir “I CAN’T BREATHE.” Manifestaciones masivas se han generado en el mundo con el movimiento de Black Lives Matter. Yo, al participar recientemente en marchas de este movimiento, oí el testimonio de una madre negra, que entre lágrimas le hablaba a Ravinder Bhalla, alcalde de Hoboken que estaba presente, contándole cómo su hija de menos de 8 años estaba siendo víctima de perfilamiento racial en la escuela. “Dos niñas de la escuela se le acercaron a mi hija a decirle que no les gustaba su color de piel ni su pelo, que no querían jugar con ella. Mi hija llegó llorando a la casa a contarme esto. Yo fui a hablar con la mamá de esas niñas, y su respuesta fue decirme que me alejara, que no la molestara o llamaría a la policía. A los pocos minutos llegó un oficial de policía, el cual tras oír mi historia y la de esta señora, me dijo que no me le puedo acercar a ella, descartando por completo el problema en discusión.” Después de escuchar ese testimonio no pude evitar sentir tristeza y frustración al ver que estas situaciones siguen ocurriendo en pleno 2020, ni pude escaparme de la memoria del incidente que, como dirían coloquialmente, fue la gota que rebosó el vaso y causó el regreso a mi país natal hace 13 años.
Esa gota que rebosó el vaso fue el último día que soporté los abusos discriminatorios en esa ciudad, y como dirían por ahí… Si hay algo que no te guste, ¡CÁMBIALO! A esa edad aprendí que puedo tomar las decisiones para cambiar las circunstancias negativas que pasen en mi entorno, no luchando contra este, sino, más bien, transformando mi perspectiva sobre los acontecimientos para que no me lastimen o simplemente cambiando de ambiente. Más o menos a los dos meses de haber comenzado 10mo grado, en un día común y corriente, al terminar de almorzar en el McDonald’s de la esquina del Fort Lee High School, caminábamos 5 compañeros de regreso a clases. Al lado mío iba Bernardo, un americano de descendencia dominicana. Él, como bien sabía de mi procedencia colombiana, fomentó una burla pasivo-agresiva en mi contra, llamándome mejicano con un tono peyorativo. –Si usted me llama mejicano por el hecho de ser latino, entonces usted también es mejicano, pues usted muy bien sabe que yo vengo de Colombia, le dije. Él, ofendido por esto, me reiteró que él era dominicano y que yo, sin haber nacido ni pisado tal país, era un mejicano que no hablaba bien inglés. La verdad, al principio no me ofendía que me llamaran así en el colegio, porque no tenía ni tengo nada en contra de los mejicanos, por lo contrario, me parecen personas fenomenales, llenos de una historia ancestral y cultural muy enriquecedora; pero al ver como esos niños tomaban tal término como un insulto, mi estrategia en ese momento fue llamar a Bernardo de igual manera –como un tipo de espejo–, a ver si reaccionaba. Entre frase y frase de discriminación y defensa, me terminó diciendo que nadie me quería acá, que me fuera de vuelta a mi país. Hoy al escribir sobre aquel suceso, me quito la espina que se había clavado en mi corazón, un corazón que siempre ha buscado la hermandad, unidad, igualdad y libertad. Cualidades, o aspectos, que vi escasos durante esos años de opresión.
De regreso al colegio, justo antes de abrir las puertas de la entrada, le pregunté si en realidad él quería que me fuera de allí, si en realidad no me quería volver a ver… La siguiente semana fui al colegio con mis papás a retirarme de esa institución, con pasajes pagos de regreso a mi país natal. Para mi mamá, la causa de mi regreso fue la añoranza de estar nuevamente con la mayoría de mis familiares y amigos en el país de mis raíces, que claramente era algo que también pasaba por mi mente –cómo no extrañar a personas que fueron tan amables y cariñosas conmigo–, mientras estaba siendo tratado con desprecio en otro país. Mi madre no aceptó mi partida sin antes prometerle que volvería a USA apenas culminaran mis estudios de bachillerato, y así comenzar los universitarios en Norte América.
Promesa que cumplí a cabalidad.
Haberme graduado ya hace dos años Cum Laude en Advertising & Digital Design de la universidad de Fashion Institute of Technology (FIT) y entrar a trabajar para una consultoría de Omnicom Media Group, sparks & honey, la cual me abrió las puertas como practicante y ahora estar como diseñador visual de tiempo completo, me ayudó a ver el potencial que, como latino, puedo brindarle a una empresa como esta. Empresa que tras los eventos contemporáneos de índole racial, se está posicionando como una organización anti-racista, y esto me da la certeza y motivación de continuar luchando –ya no agresivamente como lo hice a mis 13 años de edad, sino de formas más creativas– por la igualdad y equidad en los Estados Unidos de Amerikkkca, Colombia y el mundo.
Aquí les dejo este link: sparksandhoney.com/resources
Es una lista en constante actualización de fuentes anti-racistas que creamos en sparks & honey. No pretendo que este escrito sea simplemente un relato de mi experiencia y pensamiento, sino una invitación al actuar, unidos y proactivamente en esta necesaria transformación colectiva.
